Un lugar donde el reloj se vuelve paisaje

Fotos y textos de Carlos Lauría*


Llegar al prodigioso Parque Nacional Manuel Antonio de Costa Rica exige algo de paciencia. El recorrido comienza en la ciudad capital de San José, con un viaje que suele tomar entre tres y cuatro horas, dependiendo del tráfico y del día. Si bien el descenso hacia el Pacífico puede parecer sublime, también es un recordatorio que la infraestructura vial del país no siempre acompaña el crecimiento del turismo: tramos angostos, pavimento irregular y un parque automotor antiguo hacen que la ruta pueda tornarse tediosa por momentos. Aun así, a medida que uno se aleja de la capital, el aire se vuelve más tibio, el verde más intenso y aparece esa sensación inconfundible de que el ritmo cambia. 

Salí temprano desde San José, todavía con la ciudad despertándose. La ruta principal, la 27, anticipa lo que vendrá: montañas cubiertas de selva, ríos anchos y, más cerca de Jacó, ese primer destello del Pacífico que siempre provoca una sonrisa involuntaria. Desde allí, el empalme hacia Quepos es sencillo. La Ruta 34 (Costanera Sur) se mantiene en un decente estado y regala algunos de los paisajes más lindos del recorrido, con palmeras, pequeños pueblos costeros y el mar acompañando casi todo el recorrido. 

Manuel Antonio aparece de repente, como una promesa cumplida. Antes incluso de entrar al parque, el entorno ya es una invitación a bajar el ritmo: hoteles pequeños entre la vegetación, restaurantes abiertos al mar, vendedores de frutas frescas y ese sonido constante de aves que parece marcar el pulso del lugar. Es recomendable llegar temprano, no solo para evitar filas sino para disfrutar el parque cuando la selva está más activa y el calor todavía es amable.

El parque abre todos los días del año de 7:00 a.m. a 4:00 p.m., excepto los martes, incluso durante los feriados. La entrada general cuesta USD 18,08, mientras que los niños de 2 a 11 años abonan USD 5,65, y se adquieren exclusivamente en línea. Para quienes buscan una experiencia más completa, las visitas guiadas tienen un valor de USD 65 para adultos y USD 50 para niños, y las visitas privadas cuestan USD 75 y USD 60, respectivamente. Todas incluyen transporte de ida y vuelta desde hoteles y casas de vacaciones en Manuel Antonio/Quepos, la entrada al parque, guías certificados bilingües con telescopios de alta tecnología y un recorrido de 2,5 a 3 horas, que contempla tiempo libre en las playas. Tras la visita guiada, los visitantes pueden permanecer el resto del día dentro del parque para disfrutar de la costa, aunque el regreso al alojamiento deberá realizarse por cuenta propia en autobús o taxi.

Una vez dentro, lo primero que impacta siempre es la cercanía entre todo: selva, senderos y playas conviven en un espacio relativamente pequeño, lo que hace que cada caminata sea intensa y variada. Los senderos están bien mantenidos, son accesibles y están claramente señalizados. No hace falta ser un excursionista experto; aquí se camina sin apuro, con los sentidos abiertos. A cada paso aparece algo: un mono carablanca cruzando de árbol en árbol, un perezoso inmóvil que cuesta distinguir entre las ramas, iguanas tomando sol como si fueran dueñas del lugar. Camino despacio, me detengo, miro, escucho. Manuel Antonio no se recorre con reloj.

El Sendero Principal lleva directamente a una de las joyas del parque: Playa Manuel Antonio. La arena clara, el agua tranquila, casi sin olas, y la selva llegando hasta el borde mismo de la playa crean una postal que parece exagerada, pero es real. Es lindo instalarse bajo la sombra de los árboles, meter los pies en el agua y simplemente observar. Aquí el tiempo se estira. Familias, parejas, viajeros solos: todos parecen compartir ese acuerdo tácito de hablar más bajo, de moverse con cuidado, como si el lugar lo pidiera.

Un poco más adelante está Playa Espadilla Sur, más abierta y algo más salvaje. Es una de las favoritas para caminatas largas, sentir el mar con más fuerza y tener esa sensación de amplitud. El contraste entre el verde profundo del bosque y el azul del océano es tan intenso que cuesta creer que exista un lugar así en tan poco espacio. En días despejados, el horizonte parece infinito y quedarse mirando es casi una forma de meditación.

Entre playa y playa, los miradores ofrecen vistas espectaculares. Subir unos minutos por los senderos y encontrarse de golpe con el océano desde lo alto es uno de esos momentos que justifican todo el viaje. Vale la pena sentarse un rato, tomar agua, respirar profundo y dejar que la vista haga el trabajo. Manuel Antonio tiene esa capacidad rara de calmar sin aburrir, de emocionar sin agotar.

Uno de los mayores privilegios de caminar por Manuel Antonio es que la vida silvestre no se busca: aparece. A veces incluso antes de que uno esté listo. En más de una ocasión me detuve a ajustar la mochila y, al levantar la vista, tenía un mono carablanca observándome con la misma curiosidad con la que yo lo miraba a él. Estos monos son, sin duda, los grandes protagonistas del parque. Se mueven con total naturalidad entre los senderos y las playas, cruzan por encima de los visitantes usando las ramas como autopistas aéreas y, cuando bajan a la arena, lo hacen como si ese fuera su espacio privado desde siempre —porque, en realidad, lo es.

En las playas del parque, los monos forman parte del paisaje. Los vi descansar en los árboles que dan sombra a la arena, jugar entre ellos, vigilar desde lo alto y, en ocasiones, intentar acercarse demasiado a mochilas descuidadas, recordándonos la importancia de respetar las normas y mantener distancia. Más tímidos, pero igual de fascinantes, aparecen los monos ardilla, pequeños y veloces, que se mueven en grupo como un relámpago entre la vegetación. Verlos es casi un juego de atención: un segundo están ahí y al siguiente ya desaparecieron.

Pero los monos no están solos. Durante el recorrido también es común cruzarse con perezosos, inmóviles y perfectamente camuflados, que obligan a detenerse y mirar con paciencia. Hay iguanas enormes tomando sol sin ningún pudor, coatíes que recorren los senderos con paso decidido y una variedad de aves que llenan el aire de sonidos: tucanes, lapas, garzas y pequeños pájaros de colores imposibles. En Manuel Antonio, la naturaleza no es un fondo decorativo: es una presencia constante, viva, que acompaña cada paso y cada momento de descanso frente al mar.

Fuera del parque, las opciones son muchas. Quepos y sus alrededores ofrecen desde sodas sencillas con comida típica —arroz con camarones, pescado fresco, patacones— hasta restaurantes más elaborados con cocina de autor y vistas al mar. Al atardecer, casi todos los caminos conducen a algún punto donde ver caer el sol. Mejor elegir un lugar sin demasiada gente, una curva del camino o una playa cercana, y quedarse ahí mientras el cielo se vuelve naranja, rosa y violeta. Es un espectáculo diario que nunca se repite igual.

La oferta hotelera en Manuel Antonio acompaña muy bien el espíritu del lugar: diversa, integrada a la naturaleza y pensada para distintos ritmos de viaje. Hay opciones para quienes buscan comodidad y servicios completos —piscinas infinitas, restaurantes propios, spas y vistas abiertas al Pacífico— y también alternativas más sencillas, familiares y accesibles, ideales para pasar el día explorando el parque y regresar solo a descansar. 

En varios casos, la hotelería de Manuel Antonio se apoya en un concepto claro de sostenibilidad: construcciones que respetan el entorno, uso racional de recursos y una convivencia constante con la fauna local. 

Una de las ventajas de alojarse en esta zona es la cercanía con todo. Desde muchos hoteles se puede llegar al parque en pocos minutos, ya sea caminando, en transporte público o en taxi, lo que permite organizar las visitas temprano y evitar las horas de mayor calor. Además, la concentración de restaurantes, cafés y pequeños comercios en los alrededores hace que no sea necesario desplazarse grandes distancias para comer bien o resolver lo cotidiano. Manuel Antonio ofrece esa comodidad rara de sentirse remoto sin ser aislado.

Además de sus playas y senderos, Manuel Antonio y sus alrededores, especialmente Quepos, son un excelente punto de partida para experiencias de aventura. En la zona se puede hacer canopy o tirolesa, con circuitos que incluyen puentes colgantes, columpios tipo Tarzán y hasta el popular monkey drop, ofrecidos por distintos operadores locales que combinan adrenalina y contacto con la selva. Estas actividades son aptas para familias, con opciones seguras y guiadas incluso a partir de los 5 o 6 años. A su vez, el rafting en aguas bravas se practica en ríos cercanos, como el reconocido río Savegre, famoso por sus rápidos. Las agencias de la zona suelen ofrecer paquetes todo incluido que contemplan transporte, equipo y guías especializados, permitiendo combinar selva y ríos en una jornada intensa de naturaleza y aventura en Costa Rica.

Manuel Antonio tiene algo difícil de explicar y fácil de sentir. Todo convive en equilibrio: la selva espesa, las playas increíbles, la cercanía de todo y esa sensación permanente de estar bien, de que no hace falta mucho más. No es un lugar para ir con reloj ni con listas, sino para quedarse, caminar sin apuro, sentarse a mirar el mar o la selva y sacar menos fotos de las que uno pensaba. 

Al final, Manuel Antonio recuerda eso tan simple y olvidado a la vez: que viajar es, a veces, reconciliarse con el tiempo.

*Periodista argentino radicado hace más de 30 años en el exterior

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