Podcast

Por José Juan Gari

La Cruda. Temporda 2. Francis Mallmann.

A Migue Granados siempre le interesó molestar, pelear e indagar para llegar un poquito más lejos. En cada episodio Migue entrevista mano a mano, en una charla íntima y sincera, a distintas personalidades con historias de vida singulares. Una sola premisa: preguntar y discutir hasta la última vértebra; sacarnos las caretas para hablar de lo que nos pasa de verdad. La vida tiene una parte cruda. Y Migue no la deja de lado.

Cómo me hace reír Miguel Granados. Es de esas personas que me resultan tan graciosas que puede decir algo que no tiene el propósito de hacer reír y yo me río igual. Sea como personaje de segmentos en programas de televisión como ser «Peligro Sin Codificar», o como conductor en «ESPN Play Room»: no puedo evitar reírme al verlo. En esos programas que participa con un rol humorístico, sus gestos y comentarios no solo son divertidos, sino que además parecen auténticos y espontáneos.

En «La Cruda», asume un rol muy diferente. Se pone en posición de entrevistador. Y no de cualquier tipo de entrevista sino de conversaciones a fondo, con personas que relatan vivencias extraordinarias. Muchas de ellas particularmente duras. Sin embargo, la impronta es la misma: autenticidad, espontaneidad, y hasta cierta ingenuidad al preguntar, lo cual inevitablemente resulta en la apertura del entrevistado.

Hace algunos años les recomendé este podcast. En su primera temporada, desde el 2021 se publicaron semanalmente capítulos, hasta que en 2023 se dejaron de publicar. Pasó un buen tiempo sin que subieran capítulos nuevos, hasta que hace no mucho, y para mi sorpresa, se empezaron a publicar capítulos de la segunda temporada. Desde que me enteré, semanalmente espero con ansias la notificación de un nuevo capítulo.

En lo que va de la segunda temporada, al igual que en la primera, salvo por uno o dos capítulos que no me interesaron, valió la pena dedicarle tiempo a escuchar todos los episodios. Pese a eso, hubo uno que me gustó un poco más que los demás: la entrevista a Francis Mallmann.

Como buen gordo que soy, me encanta la cocina. Hoy en la tele de mi casa reinan los dibujitos, pero en la época en que vivía en casa de mis padres, si el control remoto lo tenía yo, se veía «El Gourmet» o «Utilísimas», dos canales de cocina.  Estaba el programa de la Hermana Bernarda, una monja que hablaba bajito y se movía en cámara lenta en una cocina chiquita, que te enseñaba a hacer un strudel de manzana con una pinta impresionante. Había varios programas de los hermanos Petersen, que están hasta hoy. Unos porteños que te pueden hacer un asado espectacular para cientos de personas en Delta del Tigre, o un buen plato de pasta casera charlando entre ellos en la cocina de su casa. Veía todo. Tanto, que mientras escribo me parece escuchar a mi hermano, sentado en el sillón del estar de mis padres, preguntarme si algún día voy a cocinar al menos algo de todo lo que le hago ver en la tele.

Desde aquel entonces, uno de los personajes que más me gustaba ver, era Francis Mallmann. En su caso, nunca un programa sencillo, en una cocina de hogar común y corriente. No. Los escenarios iban desde la patagonia argentina, con un cordero a la cruz y verduras colgando de artefactos de hierro cuales jaulas, hasta una costilla de novillo hecha en un disco de arado portátil, en la plaza del Trocadero, con la torre Eiffel de fondo.

Un personaje muy particular, acompañado siempre de un escenario y una puesta en escena propia de tal. Recuerdo que en algunos programas, la música de fondo se iba turnando con estrofas de poemas escritos y recitados por él. Eran realmente malos sus poemas, pero se ve que para él hacían juego con los paisajes tan insólitos como deslumbrantes donde cocinaba. ¿A quién se le ocurre hacerse una tortilla de papas bien baveuse mientras nieva en el invierno del sur de Argentina? A mí me daba frío, pero no cambiaba de canal. Me imaginaba al camarógrafo luchando contra su tiritar para poder enfocar la plancha humeante, que no sé cómo había hecho Mallmann (o vaya a saber quién) para que se caliente. Más que un chef parecía un actor. Siempre vestido con algo llamativo, algún sombrero, algún poncho o pañuelo colorido. Nunca «normal».

No recuerdo haberlo visto o escuchado fuera de lo que para mí era un personaje. Las veces que lo escuché, nunca faltaron frases propias de su excentricidad, como cuando dice que él tiene dos mujeres con las que nunca se acostó: «París y la papa». O cuando dice que cuando sea viejo se va a ir a dormir con una bolsa de papas. Así, muchas. Siempre un personaje.

Hasta que escuché esta entrevista. Tengo la impresión que en este episodio de La Cruda conocí algo de la persona detrás del personaje. Y para mí sorpresa, son el mismo.

«Mirá yo tengo un romance con la vida. Todos los días me levanto, y cuando saco el primer pie de la cama pienso, qué lindo, otro día para hacerle el amor a la vida. Y como todos, tenemos cosas buenas y cosas malas. Pero yo siempre dije que debemos abrazar la adversidad. El problema hay que abrazarlo. Hay que apretarlo porque forma parte de nuestra vida.»

Cuando arrancó así, pensé que la cosa venía de historias exageradamente romantizadas. Es más, también vi el video de la entrevista. Y ahí estaba, de boina, pañuelo y pantuflas. «Muy Mallmann todo«, como dice Granados en el momento que Mallmann menciona que duerme de camisón para hombres. Según cuenta, cuando viene a Garzón cruza a su restaurante caminando de camisón, y que el personal de su restorán le dice «la señora del Botánico».

«Y no me importa nada. Yo soy feliz.» Pero no lo dice para llamar la atención. Lo dice sin haberlo preparado. No mira a la cámara, ni cambia de posición. No suena al guión de un personaje ficticio, como me parecía cuando recitaba sus poemas que no rimaban. Todo lo que dice es coherente con su tono sereno, sus gestos agradables, y con su sonrisa. La misma que cuando estaba bajo nieve disfrutando de cocinarse su tortilla, o tomándose un vino mientras se hacía la carne en la plaza del Trocadero.

Pero esta vez no es un programa con un escenario y un guión para que aflore un actor, sino una charla, sincera, espontánea, y por sobre lo demás: muy disfrutable. No se la pierdan.

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